Quiero terminar con todo esto


Por Ana Correa

El dolor es muchísimo, pero cuando me despierto, ya todo pasó. El médico me da un beso y me dice que me quede tranquila, que todo va a estar bien.

Era la segunda vez que quedaba embarazada. Tenía ya un hijo de dos años y estaba muy ilusionada con este segundo embarazo. Como hacemos muchas mujeres, no cuento que estoy embarazada hasta que pasen los primeros tres meses. La ecografía de la semana 12 preocupa al obstetra y me manda a hacer un estudio más completo, que incluye una punción.

El resultado tarda una semana. Recibo un llamado mientras camino por Paraguay y Alem. Es el director del centro médico en el que me había hecho los estudios. Me pide que me siente y que vaya a su consultorio a la brevedad, mejor si lo hago acompañada. La peor pesadilla se hace realidad. El estudio revela una alteración genética: trisomía 18, síndrome de Edwards se llama. Significa que el feto como bebé es inviable. En caso poco probable de que el embarazo llegue a término, el bebé no podría sobrevivir más de unas horas fuera de la panza.

8A Aborto Senado 2018 - Amnistía Internacional - Demian Marchi-25

No me quiebro en un primer momento. No puedo. No me salen las lágrimas. El médico me dice que me va a hacer bien llorar, que me quede tranquila que en un caso así seguro que encuentro quién me ayude. Me desespero pero me muestro serena. Sabía que no iba a poder soportar esperar a que mi embarazo avance y tener un bebé sólo para verlo morir. Decido abortar antes de que el feto se siga desarrollando. Para qué prolongar un desenlace trágico.

Pero el aborto no es legal en la Argentina. Mi obstetra justo está de vacaciones. Llamo entonces al médico que quedó de reemplazo, el Dr. B. y lo voy a ver a su consultorio de avenida santa Fe y Callao. En el consultorio todos parecen felices. Salvo yo. El Dr. B. mira los estudios, me escucha y me sonríe. No sé por qué sonríe. Me pregunta si sé que además estoy cursando un embarazo de alto riesgo para mi salud. Tengo un fibroma de más de 10 cm. Cuando el embarazo avance mi salud se va a complicar. Sonríe. Enseguida agrega que ha atendido otros casos con síndrome de Edwards. Que en todas esas oportunidades les dijo a sus pacientes que mejor siguieran adelante con el embarazo, para poder dar a luz y abrazar a su bebé muerto. Que si Dios quiso que fueran así las cosas había que aceptarlo y que me quedara tranquila porque en ese momento Dios me iba a acompañar, en el momento de dar a luz un bebé sin vida y también si tenía complicaciones. Dios, no un médico ni el sistema de salud. Eso me dijo B., el médico que, mucho tiempo después, reconozco en los los medios y en el Congreso, hablando en contra de la legalización del aborto. El que en ese momento me propuso llevar adelante nueve meses de embarazo sólo para ver morir a un bebé.

Me voy del consultorio abrumada. Cada minuto que pasa crece mi desesperación, pero no, no puedo llorar.
8A Aborto Senado 2018 - Amnistía Internacional - Demian Marchi-18

Necesito conseguir urgente un lugar donde practicarme un aborto. Justo se viene el feriado de carnaval. Igual, como siempre, se arma una cadena entre amigos que quieren ayudar Mi familia hace lo que puede. Les digo que el primer médico que me atendió tiene razón, que no puede ser tan complicado acceder a un aborto si no hay forma de que si el embarazo avanza el bebé pueda sobrevivir, y si yo estoy en riesgo. Pero no es fácil. Me traen recomendaciones y direcciones. Vienen con nombres de médicos en papelitos. Alguien me dice que evalúe viajar a Estados Unidos o Uruguay, dónde el aborto es legal, porque la clandestinidad en un embarazo de riesgo no es lo ideal. Pero ¿de qué me hablan? Quiero terminar con todo esto y volver a mi vida normal, ocuparme de mi hijo, trabajar, llorar, vivir. Me hablan de un médico que es una eminencia: el Dr. N. Lo llamo y de repente me lleno de esperanzas. Parece conmoverse. Nos va a recibir a pesar del feriado en su consultorio de Av. Pueyrredón. Me ilusiono, alguien se conmovió y todo esto se va a terminar pronto. Llegamos a su consultorio. Lo veo y ya no me cae tan bien. Algo no me cierra. Me siento engañada. Lo primero que hace el Dr. N es jactarse de tener muy buenos aparatos de diagnóstico por imágenes. También de tener un método único para eliminar embriones. Su ecógrafo encuentra al fibroma que le da el carácter de riesgoso al embarazo y me lo comenta. Yo miro para otro lado, no quiero ver nada. Pero él me dice “¿sabés que estás esperando una nena? Tiene hidrocefalia y problemas cardíacos. Está sufriendo mucho”. Lo único que siento es que me quiero morir. Me dice que la única salvación que tengo es abortar con él, con su método que consiste en inyectar en el útero una sustancia que termina con la vida del feto. Pincharme y a través mío llegar al feto. Me dice que es la única opción, que si aborto en otro lugar podría perder la vida y dejar a mi hijo de dos años huérfano. Así nomás. Para evitar otra tragedia sólo tendría que pagarle dólares, muchos. No recuerdo cuántos eran. No los tengo. No los tenemos. No puedo pensar. Llamo a otro de los reemplazos de mi obstetra y le cuento. Me dice que si accedo a lo que me propone el Dr. N. y tengo una complicación él va a dar la orden de que no me atiendan. Que puedo tener una infección, que nunca escuchó algo así. Está indignado. Le digo que se quede tranquilo, que tampoco tengo el dinero. Que yo también estoy indignada.

Empiezo a desesperarme. Odio al Dr. N pero no soporto pasar un día más así. Justo se viene mi cumpleaños. Decido irme a unas cabañas perdidas en Capilla del Señor, a pasar el fin de semana y no ver a nadie. También tengo la excusa para no atender el teléfono. Paso el día de mi cumpleaños con las lágrimas que se me escapan. No quiero que mi hijo se dé cuenta. Quiero jugar con él y no pierdo las esperanzas de estar sumida en una pesadilla.

Es una locura intentar conseguir ese dinero. Al día siguiente de mi cumpleaños sigo buscando lugares donde abortar. Voy a una casa en Vicente López a la que hay que entrar por un garaje. Ya estoy dispuesta a cualquier cosa. La mujer que me atiende me dice lo que tengo que decir en caso de que entre la policía o una inspección. Una mentira, no me acuerdo cuál. Me siento como en las películas, huyendo de la policía. Pido ir al baño para no escuchar a la mujer. Está sucio. Hay sangre en el inodoro. No cuidan nada, pensé. Quiero huir. Huyo.

No doy más, la verdad. Todavía tengo un par de direcciones. Me ilusiono con la llamada de una amiga que me dice que en un hospital del Gran Buenos Aires hay un grupo de médicos que acceden a hacer abortos en caso de inviabilidad del feto. Hablo con una médica de ahí, pero ella me dice que tengo que ir con una presentación judicial, que los médicos tienen miedo porque cada tanto les hacen denuncias. Sé que eso demoraría mucho más tiempo. Y no soporto más.

8A Aborto Senado 2018 - Amnistía Internacional - Demian Marchi-44

El médico del centro de estudios, el bueno, el humano, pide verme de nuevo para controlar cómo está todo. En el control salta que el feto ya no tiene vida. Tal vez su corazón ya no le latía cuando me pidieron los miles de dólares, habían pasado sólo dos días. Cómo saberlo. Estoy desolada pero pienso que tal vez es el comienzo del fin de una pesadilla,

Pero no. Mi obstetra vuelve antes de las vacaciones y me dice que hace falta hacerme un legrado, pero que no lo va a poder hacer en la clínica en la que trabaja a menos que empiece con una hemorragia. Me receta misoprostol, unas pastillas que se vendían como protectores gástricos hasta que se descubrieron sus efectos abortivos. Y cuando lo expulse y empiece a sangrar, ahí sí voy a poder ir al sanatorio y él le terminará de hacer el raspaje. Pero tengo que tener cuidado. Tengo que tener la hemorragia suficiente como para que me admitan en una guardia, pero no tanta como para que me desangre. El fibroma tal como está puede provocar eso.

Obedezco. Entiendo pero no entiendo por qué sigo actuando en la clandestinidad. Necesito ayuda, contención, no estar al margen de la ley.

Comienzo con dolores, contracciones y pérdidas enormes de sangre. Es tanto el dolor, en todos los sentidos posibles, que no reparo en que quizás estoy sangrando demasiado ya. Ahora sí puedo ir al sanatorio. Estás perdiendo demasiada sangre, demasiada, se preocupa el médico que me recibe. Y apura a mi obstetra para que vaya porque todo parece empeorar. Finalmente llega el obstetra, y la tan esperada anestesia. Duermo.

Cuando me despierta ya todo pasó. El médico me da un beso y me dice que me quede tranquila, que todo va a estar bien. Yo sentía que había estado en el infierno pero al menos estaba viva.

Al poco tiempo volví a quedar embarazada. Esta vez todo estuvo bien, mi hija nació por cesárea a los ocho meses porque no quisieron correr riesgos de esperar a un parto normal. Durante el embarazo y durante los primeros meses de vida de mi hija empecé con unos tremendos ataques de pánico. Mi cabeza y mi cuerpo no habían logrado resetearse y seguían aún con la angustia grabada de aquél momento en el que en vez de recibir la ayuda y contención médica e institucional que necesitaba, me encontré saltando al vacío sin red. Cuando dormía tenía pesadillas con el Dr. N y el Dr. B. Síndrome de estrés postraumático me diagnosticaron. Lo superé gracias a un montón de personas, en especial a un gran terapeuta y a mis hijos.

Durante mucho tiempo pensé: algún día quiero contar todo esto, que no me pasó sólo a mí sino que pasa. Los que lo vivimos lo sabemos, los que hacen negocios lo saben, los que están en el sistema de salud también. A la vez me daba cosa contarlo porque frente a la cara más terrible del aborto clandestino, en el que mueren las mujeres por falta de atención, en el que se le niega la posibilidad de abortar a nenas que fueron violadas, sobrevivir a esta experiencia se convierte en un hito.

Ahora es pura ilusión y esperanza de que se apruebe el aborto legal en el Congreso. Siento que esos pañuelos verdes que se ven por las calles en las mochilas de las pibas y en nuestras carteras, cuellos, muñecas, son la señal de que llegó la hora. Que se terminen esos viajes a la clandestinidad de muchas con todo tipo de secuelas, ese viaje a la muerte de tantas que duele, la condena en todo sentido de las mujeres que necesitan o deciden abortar, la tortura a la que son sometidas las niñas y adolescentes que son violadas y se les exige seguir adelante con su embarazo.

Y no puedo dejar de pensar en el médico B. Sobre todo después de verlo en el Congreso argumentando a favor de la vida. Él, que negó ayuda a una mujer con embarazo de riesgo en un caso de aborto terapéutico. También pienso en la crueldad de N y sigo sin recordar cuánto nos quería cobrar.

La escucho a Claudia Piñeiro en el Congreso hablando de uno de los libros que más me conmovió en la vida, Príncipes de Maine, Reyes de Nueva Inglaterra, de John Irving y diciendo que no podemos permitir que los antiderechos se apropien de la palabra vida. Me voy hasta la computadora a escribir. Lo dudo mucho, por si mis hijos llegan a leerlo. A la vez me desespera la idea de que ellos tengan que crecer en un país que es capaz de condenar a la muerte a mujeres y niñas por no tener acceso al aborto legal. Me animo y lo escribo, y cumplo ese juramento que me había hecho en aquel momento para tener fuerzas: algún día lo voy a contar, no quiero que nadie vuelva a pasar por esto.

¿Lo publico o no lo publico? No quiero lastimar a nadie. Perdón si molesto a alguien. Pero siento que nos estamos jugando mucho en estos días.

Algunas amigas me dan valor, como si me dieran la mano, como aquélla vez. Ya está.

Soy sólo un pañuelo verde más mirando al Congreso y pidiéndole que vote la legalización del aborto.

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