Estoy en confinamiento, pero no por el coronavirus

Israel me ha prohibido salir de Cisjordania y se ha negado a decirme por qué

 

Por Laith Abu Zeyad        

En los últimos meses, a causa de la pandemia de coronavirus, millones de personas de todo el mundo han experimentado por primera vez las dificultades y frustraciones de vivir bajo reglas y normas impuestas por el gobierno que restringen su libertad de circulación.

Para mí, sin embargo, el confinamiento no es nada nuevo. Estoy acostumbrado a vivir bajo conjuntos cambiantes de reglas que definen dónde puedo ir y qué puedo hacer. ¿Por qué? Porque soy un palestino que vive bajo ocupación israelí.

Crecí en la Cisjordania ocupada, por lo que los controles y los toques de queda han formado siempre parte de mi vida cotidiana. El año pasado, Israel hizo mi prisión aún más pequeña al prohibirme salir de Cisjordania por algún motivo.

Las autoridades israelíes se negaron a justificar la prohibición más allá de decir que se debía a “motivos de seguridad”, y negaron que la decisión tuviera nada que ver con mi trabajo como responsable de campañas sobre Israel/Palestina de Amnistía Internacional.

Me enteré de la prohibición de la peor manera posible, cuando me negaron el permiso para acompañar a mi madre a su sesión de quimioterapia en la zona ocupada de Jerusalén Oriental el pasado mes de septiembre. Mientras yo solicitaba frenéticamente una y otra vez los permisos, la enfermedad de mi madre se agravaba. Yo estaba a sólo 15 minutos en automóvil del hospital, pero mi desesperación por estar con mi madre no bastaba para superar la rígida aplicación que Israel hacía del sistema de permisos. Mi madre falleció el día de Nochebuena, antes de que pudiera volver a verla.

Hasta el día de hoy, no me han revelado cuáles eran los “motivos de seguridad” que me causaron tanto dolor. Sólo sé que estoy sometido a una prohibición total de viajar, lo que significa que no puedo salir de Cisjordania ni siquiera para ir a mi oficina, que está en Jerusalén Oriental. Por eso, el confinamiento por la COVID-19, que lleva en vigor desde el 22 de marzo, no es más que otro barrote añadido a la jaula en la que llevo tanto tiempo viviendo.

Jamás recuperaré aquella preciosa oportunidad de estar con mi madre en sus últimos días, pero puedo hacer lo correcto por ella denunciando esta injusticia. El 25 de marzo de 2020, Amnistía Internacional presentó al Tribunal de Distrito de Jerusalén una petición en la que solicitaba que se levantara mi prohibición de viajar, y el 31 de mayo se celebrará una vista. Se celebrará en mi ausencia, por supuesto, y, puesto que no se me permite conocer los detalles de las acusaciones en mi contra, mi abogado y yo no podemos rebatirlas de manera significativa.

Aun así, en el pasado, las prohibiciones de viajar impuestas a personas de Palestina se han desmoronado bajo el escrutinio legal. Entre 2015 y 2019, la organización israelí de defensa de los derechos HaMoked presentó 797 apelaciones contra prohibiciones de viajar, y consiguió que el 65% se levantaran. Viendo estos resultados, resulta razonable suponer que la mayoría de estas prohibiciones eran injustificadas, para empezar.

Israel tiene todo un historial de utilizar arbitrariamente las prohibiciones de viajar contra defensores y defensoras de los derechos humanos, entre ellos Omar Barghouti, cofundador del movimiento Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS), y Shawan Jabarin, director de la organización palestina de defensa de los derechos Al Haq. En el caso de Shawan Jabarin, como en el mío, no se dio más justificación que “motivos de seguridad”.

¿Qué significa esto? Si soy un peligro tan grave para la seguridad, lo lógico sería que las autoridades israelíes tuvieran preguntas que hacerme. Pero nunca me han interrogado sobre ninguna cuestión relativa a la seguridad, ni siquiera en el cruce fronterizo; se limitaron a negarme el paso. Nunca me han dado la oportunidad de impugnar la decisión o defenderme. ¿Cómo puede eso ser justo?

Resulta difícil explicar lo estrechamente que Israel controla la circulación de la población palestina.

En la Franja de Gaza viven dos millones de palestinos y palestinas que llevan más de 12 años sometidos a un bloqueo militar brutal, que convierte esa región en la prisión al aire libre más grande del mundo. Aquí, en Cisjordania, no podemos hacer viajes internacionales a través de puertos marítimos israelíes o del Aeropuerto Internacional Ben Gurion; nuestra única opción es viajar a Jordania utilizando el paso fronterizo de Allenby/Rey Hussein. Mucha gente no sabe que tiene prohibido viajar hasta que llega a la frontera. El pasado mes de octubre, por ejemplo, quise asistir al funeral de mi tía en Jordania; cuando llegué al cruce fronterizo con mi padre y mi maleta, me negaron el paso.

Hay muchísimas historias como la mía. El confinamiento por la COVID-19 ha dado a la población mundial un atisbo de lo que es la experiencia palestina: la tristeza de estar separado de tus seres queridos, el aburrimiento del confinamiento, el miedo y la sensación de aislamiento. Los confinamientos por el coronavirus se han dictado para proteger a la población de un virus mortal, pero los confinamientos impuestos por Israel son una forma de castigo colectivo que priva a la población palestina de la libertad de circulación.

Al igual que tantas personas en todo el mundo, confío en que pronto podré volver a mi oficina, ver a mis amistades y familiares en otras ciudades, y vivir la emoción de viajar a algún lugar nuevo. Tras 72 años de desplazamiento e injusticia, la población palestina quiere y merece los mismos derechos y libertades que las demás personas.

Las opiniones expresadas en este artículo son del autor y no reflejan necesariamente la política editorial de Al Yazira.