Envejecer juntos:
cuando la comunidad es la última trinchera

Fotos © Sarah Pabst/Amnesty International

Nicolás, Zulema, Mónica y Virginia comparten algo más que la edad: la certeza de que solos no pueden y que organizarse es la única forma de resistir ante el abandono estatal y el edadismo cotidiano. Sus historias muestran cómo la vejez, lejos de ser pasiva, puede ser un acto de lucha colectiva.

 


Nicolás: la voz que no se jubila

En los retratos aparece serio, con la gorra calada y las manos en los bolsillos. Detrás, una pared descascarada y un colectivo abandonado parecen acompañar su gesto de cansancio. Nicolás trabajó toda su vida en changas y oficios informales. No soñaba con la vejez: “Nunca lo pensé”, admite. Quizá porque, en su generación, imaginar el futuro era un lujo que pocos podían darse.

Hoy la realidad lo enfrenta a otro miedo: “Me da cierto temor ver en la tele cómo golpean a los viejos todos los miércoles”. Sabe que ese miedo no es abstracto, porque cada semana jubilados y jubiladas se concentran frente al Congreso Nacional para protestar contra los recortes aplicados por el Gobierno, especialmente en los medicamentos cuyo costo antes cubría el PAMI. Nicolás los observa con respeto: “Es muy valorable porque lo hacen por todos. Esa lucha ayuda a todos. El resultado de esa lucha va a beneficiar a todos, incluso a quienes los critican”.

 

En otra foto, Nicolás se apoya contra la reja de un comedor al que asiste todos los días para retirar su comida, junto a un póster del papa Francisco. Su mirada fija, entre firmeza y cansancio, parece interpelar a quien lo observa: ¿Cuánto vale una vida de trabajo cuando el sistema responde con exclusión? Lo sabe en carne propia: “Me dicen que no tengo aportes suficientes, como si nunca hubiera trabajado. Como si mi vida no contara”.

Nicolás no habla solo de economía. Habla de dignidad. “El derecho a la protesta es muy importante porque es la única herramienta que tienen las personas oprimidas y por eso lo quieren anular”, afirma. Para él, lo colectivo “siempre es necesario, porque cuando uno comparte ideas, pensamientos y opiniones,  siempre llega a conclusiones. Es un poco la finalidad de la vida. ¿Qué sentido tiene la vida si uno no piensa en el que está al lado? No queda nada de uno”.

La fotografía lo muestra en soledad, pero su testimonio insiste en lo contrario: solo en comunidad Nicolás siente que su voz no se apaga.

 

El derecho a estar acompañados

La luz oblicua que entra por la ventana dibuja el perfil de Zulema. Afuera, la ciudad corre; adentro, ella sostiene la mirada con calma y convicción. A los 74 años, después de una vida de trabajo y de luchas, sabe que la vejez no es un tiempo para apagarse, sino para exigir.

“Persistencia con otros, solo no se puede, eso te da fuerza”, dice. Cada miércoles frente al Congreso lo demuestra: aunque la policía los encierre “como vacas al matadero”, ella y sus compañeros de Jubilados Insurgentes resisten porque creen que “en las asambleas aparece algo mágico, que es la fuerza del conjunto”.

Lo que para algunos parece un simple centro de jubilados o una protesta pequeña, para Zulema es supervivencia y dignidad. “Antes trabajaba para irme de vacaciones o ayudar a alguien; ahora, con la jubilación no llego. Pero sigo atendiendo a mis compañeros, porque la crisis se traslada al cuerpo y así luchamos mejor.”

Zulema lo resume sin rodeos: “La parte más vulnerable de la vida es la vejez. Si este reclamo toda la población lo asumiera como propio, podríamos generar una presión mayor.” Su voz recuerda que envejecer con derechos no es una utopía: es una lucha colectiva que exige ser escuchada.

Salir a la calle

Para Mónica, salir a la calle no es solo un gesto político: es la manera de seguir viva y de no resignarse a la invisibilidad. “Al participar de las manifestaciones, me siento bien. Me da fuerzas y no me quedo en mi casa”, dice. Esa fuerza no la encuentra en el encierro, sino en el estar con otros. En el murmullo de la marcha, en los carteles y bombos que le recuerdan que no está sola.

Sabe que muchas amigas “se van quedando”, que prefieren no salir o ya no pueden hacerlo, pero ella insiste en ir. “Trato de ir todos los miércoles”, cuenta. Y cada vez que marcha al Congreso Nacional, se convence de que la protesta no es solo un reclamo: es también un abrazo colectivo que la sostiene.

En su vida, lo colectivo aparece como fuerza vital: en la plaza, en el aula, en la memoria compartida. Allí encuentra la certeza de que, aunque las políticas dejen muchos afuera, sigue siendo parte activa de la lucha por la dignidad.

El derecho a elegir vínculos

Virginia reflexioná sobre elecciones. “A esta edad, todavía quiero decidir con quién compartir mi vida, cómo pasar mis días, qué hacer con mi tiempo”. Su reivindicación es íntima, pero profundamente política: el derecho a elegir en la vejez.

Virginia a la izquierda, Ana a la derecha.

Virginia insiste en que la autonomía también se construye en comunidad. Ella encontró en “Jubilados Insurgentes” la fuerza para sostener esa elección, para no resignarse a que la sociedad la coloque en la categoría de “carga”. Sus palabras desarman el estereotipo de la vejez pasiva: “No me interesa que me tengan lástima. Quiero que me respeten”.

El trasfondo

Las historias de Nicolás, Zulema, Mónica y Virginia se multiplican en todo el país. La Pensión Universal al Adulto Mayor (PUAM), pensada como red de contención que garantiza una cobertura previsional a las personas mayores de 65 años que no cuentan con ninguna jubilación o pensión, representa apenas el equivalente al 80% de la jubilación mínima, que ya es insuficiente.

La combinación de inflación, recortes y un mercado laboral históricamente informal empuja a miles de personas mayores a la precariedad. Y a ese escenario se le suma la discriminación por edad: un prejuicio que naturaliza que los adultos mayores sean  invisibilizados.

 

Comunidad como trinchera

Son historias distintas, pero todas muestran que la vejez no es un tiempo de resignación, sino de lucha colectiva. Que la dignidad, cuando no se garantiza desde arriba, se defiende desde abajo. Y que el derecho a elegir la vida no es un eslogan, sino una práctica diaria que se juega en plazas, centros barriales y movilizaciones.


 

En sus miradas está la dignidad que el Estado intenta negarles. En sus cuerpos, la memoria de décadas de trabajo, cuidados y luchas. Y en sus voces, una certeza que se repite: solos no alcanzan, juntos se sostienen. Envejecer con dignidad no se logra en soledad. Se consigue, como muestran sus vidas y sus retratos, en la fuerza compartida de envejecer juntos.