Gas, palos y dignidad:
la lucha de Beatriz en la Plaza del Congreso
Fotos © Sarah Pabst/Amnesty International
La represión del 12 de marzo de 2025 dejó decenas de imágenes que conmovieron al país. Una de ellas fue la de Beatriz Blanco, jubilada de 81 años, golpeada y gaseada frente al Congreso. Su testimonio expone la violencia que enfrentan las personas mayores al reclamar lo que les corresponde por derecho.

El 12 de marzo de 2025, frente al Congreso de la Nación, el aire se volvió irrespirable. Una nube de gas lacrimógeno se mezcló con los gritos, las corridas y el golpe seco de un bastón policial contra un cuerpo frágil. Ese cuerpo era el de Beatriz Blanco, de 81 años, jubilada, madre de cuatro hijos, abuela de ocho nietos.
Beatriz cayó de espaldas sobre el asfalto. Apenas alcanzó a cubrirse el rostro cuando un agente de la Policía de la Ciudad, lejos de asistirla, se inclinó sobre ella para rociarle gas en los ojos. “Le dije al policía: ‘¿No pensás en tu mamá? ¿En tu papá?’”, recuerda. “Se dio vuelta y me dio un empujón, me tiró al piso, me dio un palazo y me golpeó la cabeza. Después, se agachó y me tiró el gas en el ojo. El mismo que me había empujado. Se ensañó conmigo”.
La imagen recorrió los medios de comunicación y las redes sociales. Una mujer mayor, con un bastón en sus manos, resistiendo de pie hasta que la represión la derribó. No era la primera vez que Beatriz marchaba los miércoles junto a decenas de jubilados frente al Congreso Nacional. Pero esa jornada la transformó para siempre: “No sentí miedo a volver a salir. Al contrario, salgo con más ganas. Si me quieren matar, que me maten”.
La vida después de trabajar toda una vida
Beatriz trabajó siempre. En fábricas, en cooperativas, cuidando niños. Se jubiló y, aun así, siguió trabajando diez años más. Hoy vive en un edificio monoblock en el barrio porteño de Villa Soldati. Cobra la jubilación mínima más la pensión de su marido, pero casi todo el dinero se le va en medicamentos: sufre epilepsia, problemas de cadera y pérdida de memoria. “Con lo que gano, no voy a ningún lado. Gasto tres cuartas partes en remedios. Salgo solo los domingos. No tengo dinero para invitar a los chicos a comer, a tomar un helado. Por la inflación, no me alcanza”.
En la Argentina de 2025, como muestran los informes de la Defensoría de la Tercera Edad, siete de cada diez jubilados viven por debajo de la línea de pobreza. La promesa de una vejez tranquila se convirtió en la certeza de que la vida laboral nunca alcanza para asegurar un retiro digno. Beatriz lo resume sin rodeos: “Antes estaba mejor. Ahora ya estoy en decadencia”.
La plaza como lugar de dignidad
Cada miércoles, cuando el reloj marca las tres de la tarde, Beatriz se suma a los adultos mayores que dan vueltas alrededor del Congreso Nacional. Carteles improvisados, bombos, cánticos. Reclaman lo básico: una jubilación que cubra la Canasta Básica, acceso a medicamentos y una vida digna.
“Es importante ir a la protesta para desahogarme, para que vean lo que pasa”, dice. “Hay gente que viene que está muy mal. A un hombre le agarró el otro día un ataque de epilepsia. Por suerte hay mucha gente buena, pero es muy triste lo que estamos viviendo”.
La protesta de los miércoles se ha convertido en un ritual de resistencia. Un espacio donde la vejez deja de estar confinada al silencio de los hogares para volverse visible, ruidosa, incómoda. Allí, Beatriz encontró una comunidad, fuerza y una causa. “Quieren terminar con los viejos, exterminarlos. Ya te das cuenta cómo nos tratan: no nos dan lugar”.
Gas, palos y memoria
El ataque sufrido el 12 de marzo de 2025 no fue un hecho aislado. Desde 2024, con el ajuste previsional anunciado por el presidente Javier Milei y el despliegue policial frente al Congreso Nacional, los episodios de violencia contra jubilados manifestándose se multiplicaron. La campaña global “¡Envejece con Fuerza!”:lo documenta: las personas mayores sufren una doble vulneración —la pobreza estructural y la represión estatal— que las empuja al límite de la dignidad humana.
En el Hospital Argerich, mientras los médicos le cosían la cabeza, Beatriz creyó por un instante que había muerto. Una mujer la había acompañado hasta allí. “La señora que me tenía del brazo pensé que era un ángel. No le vi la cara. Después de que me hicieron estudios, reaccioné, y la mujer se había ido”. La escena es un símbolo de las redes invisibles de solidaridad que sostienen la protesta: desconocidos que se convierten en sostén en medio del caos.
La discriminación por edad como violencia cotidiana

Para ella, envejecer con derechos no significa un privilegio, sino lo básico: “Que me den la plata para comer cuando quiero, lo que quiero y cómo quiero. Poder salir, ir a comer, al cine, visitar a mis hijos de vez en cuando”.
En sus ojos cansados, retratados en las fotos frente al Congreso Nacional, se refleja la paradoja de un país que formó a generaciones con la promesa de un futuro mejor, y que ahora les da la espalda. Beatriz sintetiza esa contradicción en tres palabras que la definen: valentía, amor, resistencia.
Entre la rabia y el cansancio
En su relato, entre la rabia y el cansancio, también aparece el amor. “Lo que necesita la sociedad es amor. No sé cómo se consigue, pero el amor es el que triunfa. Amor en la pareja, en el trato en un negocio. El amor me encanta ¡Tuve muchos amores!”.
Algunos domingos Beatriz va a Flores a bailar tango. Allí escucha música, se encuentra con amigos, se permite un respiro. Le gustaría ir más seguido, pero no puede. No le alcanza el dinero para hacerlo.
Entre la represión, la precariedad y la soledad, persiste la pulsión de vida. Bailar, reír, encontrarse. Como si cada vuelta en la pista de tango fuera un recordatorio de que la vejez también es deseo, ternura y alegría.

La Plaza
Los miércoles, Beatriz se planta otra vez frente al Congreso, con su bastón, sus lentes oscuros y su abrigo marrón. “Tengo ganas de llorar, pero no voy a llorar”, asegura. Su presencia incomoda. Una mujer mayor que se rehúsa el silencio impuesto por el Estado, por la sociedad, por los prejuicios de la edad.
En un contexto de lucha y represión, Beatriz lleva la dignidad como bandera. Ella no va sola, sino junto a miles de jubilados que en Argentina siguen reclamando lo que les corresponde: envejecer con derechos.
